A los 65 años, Magnano mantiene la esencia que lo llevó a ser la guía espiritual de la Generación Dorada y en su ADN no se advierten rastros de la condición de emblema del básquetbol argentino, característica que le concedieron los logros y las enseñanzas. Es sagaz para el razonamiento. Su actitud concentrada, su aire cauteloso, esconden a un hombre que experimenta otra vida, además del básquet y la docencia; sabe balancear situaciones y es muy consciente de lo que se propone en la vida.

-En los últimos 15 años el puesto de entrenador de la selección se lo repartieron entre usted, Julio Lamas y Hernández, y en las diferentes transiciones siempre existió la cordialidad y el orden. ¿Por qué se da eso en el básquetbol que en otros deportes no existe?

-Históricamente hubo un respetuoso feeling entre los entrenadores de la selección. La posibilidad de tener una relación laboral, siendo asistentes unos de otros, ayudó a la continuidad de los proyectos bajo un mismo objetivo. Cada uno con sus formas, sus ideas y sus comportamientos buscó el crecimiento y el cumplimiento de los objetivos, salvaguardando la salud de la selección. Siempre los intereses colectivos estuvieron por encima de los personales. La selección está por encima de todos.

-¿Cómo evalúa la tarea de sus sucesores?

-Hay un buen camino trazado, más allá de los estilos y las formas. A mí me gusta comparar los diferentes procesos con la posta 4×400 del atletismo, donde cada uno pasó un testimonio con el objetivo de llegar al final con un buen resultado. Si hoy la selección de básquetbol está donde está es porque todos trabajamos para mejorar el producto que recibimos.

-¿Por qué usted es el único que después de haber llegado a lo máximo con la selección nunca más volvió a dirigirla?

-Porque nunca más me invitaron (risa). Ni siquiera sonó el teléfono para preguntarme si quería volver. En 2015, cuando se cambió el entrenador full time por el part time, ni siquiera estuve entre los tres nombres postulados. No tengo idea por qué me despreciaron. A la vista están los hechos y las actitudes que marcan los comportamientos de las personas.

-¿Le duele ese desprecio?

-El tiempo me curtió. Uno va ganando en experiencia y las balas ya no me lastiman. En algún momento traté de buscar razones internas, de analizar causas y consecuencias, pero decidí no hacerme mala sangre. Entiendo que hubo una alta cuota de desconsideración de quienes tenían el poder para decidir. Nada más.

-¿Se quedó con ganas de tener otro paso por la selección argentina?

-Me considero un hombre de básquetbol, aprendí el nunca digas nunca. Todo lo que hago, primero lo evalúo y recién después tomo una determinación. Hoy por hoy siento que la selección está súper bien cuidada y dirigida por Sergio Hernández. Es por eso que ahora estoy en otra selección.