Por Andrés Monje

Los Celtics están a un solo triunfo de jugar las Finales de la Conferencia Este. Están a un paso de hacerlo tras llegar a la fase final sin Kyrie Irving ni Gordon Hayward, sus dos principales jugadores de ataque, y tras haberla iniciado sin Marcus Smart, que regresó a las pistas una vez comenzada la serie ante Milwaukee.

Boston manda por 3-1 en su eliminatoria ante Philadelphia, una de las sensaciones de la temporada, que llegaba al tramo final en plena racha de juego y resultados… y un equipo al que los Celtics están sacando de ritmo. Hay que apuntar el foco al hombre que dirige a la franquicia verde desde el banquillo. Porque en Brad Stevens reside buena parte del éxito y crecimiento que está experimentado el equipo. Y no únicamente este año.

Se podría entender su filosofía e impacto a través de cinco pilares:

Identidad y estructura

Stevens entiende el juego de forma permanente como una suma de cinco elementos, una suma además que tiene una finalidad compartida. Incluso teniendo jugadores con mayor peso que otros, circunstancia natural, eso no se traduce en diferentes grados de involucración en el colectivo. Tener estrellas o jugadores más talentosos no desemboca en tratos de favor, el objetivo es que todos los roles se sientan en buena situación para aportar. Al Horford es quien mejor representa ese estatus. Es una estrella, por salario y reputación, pero no por ello deja de ser a la vez un obrero.

Ese mensaje cala en el resto, generar una identidad es imprescindible. Por ahí comienza a reproducirse el éxito.

Tal sentimiento de pertenencia a un equipo, fomentado desde el cuerpo técnico, se acaba trasladando en solidaridad, tanto en la defensa como en el ataque. En defensa los sacrificios son mayores, en ataque se comparte más el balón. Es de todos modos el apartado destructivo en el que mejor se aprecia lo que quiere el técnico.

Boston es un equipo de dominio defensivo, porque su técnico es esencialmente un excelente gestor atrás, un gran creador de planes de partido y una mente versátil a la hora de plantear soluciones. Todo objetivo pasa por crear quintetos que sean, en la medida de lo posible, intercambiables en funciones y versátiles en lo físico. Así la gama de aleros de Boston —quizás la tipología de jugador más importante del esquema— puede cambiar con prácticamente cualquier emparejamiento en bloqueos, del mismo modo que todos están preparados para aguantar después esos cambios de asignación, defender fuera o dentro y estar preparados para las ayudas.

Boston cerró la fase regular con el mejor dato defensivo de la temporada, permitiendo sólo 101,5 puntos por 100 posesiones, por delante de Utah, Philadelphia y San Antonio. En la serie ante los Sixers, sus datos rebajan ligeramente esa cifra (101,3). Sin importar los mimbres disponibles (aunque lógicamente Horford sea el esencial, por su capacidad para leer situaciones defensivas y defender a toda la baraja posible de hombres grandes), el rendimiento atrás es muy potente.

Confianza y roles adecuados

En ataque la sensación de unidad es la misma. Faltando sus dos vías principales de anotación, Kyrie Irving y Gordon Hayward, los Celtics tienen a cinco hombres por encima del 20% de uso ofensivo (que mide el volumen de acciones que un jugador finaliza, con tiro de campo, tiro libre o pérdida). El sexto, ligeramente por debajo de ese dato, es Al Horford. Entre Rozier, Smart, Brown, Morris y Tatum —que encabeza la lista— media solo un 5% de diferencia. El sistema, siempre que sea posible, es totalmente comunitario.

Se podrían rescatar muchos más. Pero bastan tres ejemplos para explicar cómo cada jugador, indiferentemente de su papel inicial o teórico, puede acabar siendo importante. Porque en realidad todos lo son.

Jayson Tatum es el mayor foco ofensivo de los Celtics en estos playoffs. Y da igual que sea novato. Como da igual que hace meses se le recomendase prescindir del midrange para aumentar su volumen al triple, porque en caso necesario ese midrange no es restrictivo para él. Cuando los Celtics tienen problemas, buscan a Tatum. Lo que diga su carné de identidad es indiferente.

Nadie esperaba que Terry Rozier ofreciese un rendimiento tan extraordinario tras la baja de Irving. Y no sólo atrás, donde su perfil resultaba más llamativo. Sino también como cuchillo de perímetro en ataque (18 puntos por partido en la fase final) e incluso como distribuidor, donde está cercano a las 5 asistencias repartidas por cada vez que pierde el balón en playoffs, incluyendo una racha de 115 minutos sin una sola pérdida en estas semifinales de conferencia.

Tampoco nadie podía imaginar que Aron Baynes pudiera tener influencia desde el triple, pero la tiene. Porque Brad Stevens le ha plantado en la esquina con el fin de sacar a Embiid de la zona y aumentar así los espacios en ese sector, reduciendo la amenaza del africano protegiendo el aro. Baynes ha anotado seis triples en esta eliminatoria, los mismos que había convertido en sus seis años de carrera NBA. Baynes no tiene un rol primario, pero su ejemplo también tiene mucho valor para explicar cómo un secundario puede hacer sumar. Un recurso es valioso siempre y puede marcar la diferencia.

La confianza de Brown y de Smart, incluso la licencia de Morris para su clásico tiro de cinco metros, se aprecia en cada acción. Porque Stevens entiende que sin confianza no hay rendimiento. Y sin rendimiento no hay victorias. Todos los jugadores saben que tienen su rol, sea mayor o menor y ejecutado de un modo u otro. Y todos perciben que ese rol es necesario para ganar.

Otro síntoma de confianza, que pudiera parecer menor pero en el fondo no lo es tanto, es cómo Stevens gestiona los problemas de faltas de sus jugadores. Para la inmensa mayoría de técnicos, cometer dos faltas en el primer cuarto (o acumular tres en el segundo, o cuatro en el tercero) es sinónimo de sustitución. Para Brad Stevens no siempre, porque tras dialogar con el jugador muchas veces surge la opción de permanecer en pista. Sentir el apoyo y respaldo tras un error supone un refuerzo positivo para su confianza.

Planteamientos y gestión en partido

Más allá de la gestión de grupo, otra faceta donde Stevens resulta diferencial es la lectura de partidos y toma de decisiones en ellos. Ante Philadelphia esto se ha traducido especialmente en varias consideraciones.

Una de ellas ha sido trazar un plan de contención en toda situación de transición ante Ben Simmons, un jugador dominante a campo abierto que podía promover canastas fáciles de sus compañeros y promover que entrasen en ritmo de tiro. Stevens quería a Philadelphia atacando a media pista. Y planteó secuencias de acumulación de cuerpos, especialmente con la ayuda directa de un interior, para toda acción que pudiera ser susceptible de transición por parte de Simmons.

Lo mostraba muy bien el analista Zak Boisvert en este vídeo, en el que se aprecia la estrategia de Boston para colapsar de rivales el carril central por el que ataca Simmons para producir las ventajas:

Otra de las consideraciones defensivas involucra al juego posicional de su rival. Y es que sabiendo que Philadelphia sólo plantea desequilibrios de dos formas, las atacó ambas a la yugular. Primero aceptando las situaciones de poste bajo con Embiid, por un lado porque desconectan de la acción al resto (Embiid es muy talentoso ahí pero no es buen pasador y tiende a la pérdida), especialmente a los tiradores. Y por otro lado porque resultan poco eficientes ante dos hombres como Baynes y —especialmente— Horford, grandes, duros y buenos defensores. Situaciones de poste bajo no son eficientes por lo general, por lo que se aceptaban de buen grado.

En segundo lugar, fomentando un elevadísimo grado de contacto en todas las salidas de los tiradores de Philadelphia tras bloqueo indirecto, acciones muy repetidas por el equipo de Brown a través de las cuales Simmons mete en dinámica a sus compañeros. Philadelphia no evidenciaba ningún generador tras bote que no fuera Simmons, por tanto antes que ocuparse de asfixiar a Simmons el plan fue ahogar a los receptores. Con Belinelli, Covington, Ilyasova y Saric sin impacto desde el triple, el poder de los Sixers se redujo notablemente. Y de paso se desconectó durante varios encuentros a diferentes hombres esenciales del rival, precipitados buena parte del tiempo.

En ataque, la mejor forma de castigar a la defensa de los Sixers, una de las mejores de la Liga este curso, era a través de dos vías. Una emplear a los interiores para despejar el aro, hasta el punto del recurso citado anteriormente durante los minutos de Baynes, posicionándolo en la esquina para alejar a Embiid del aro, aprovechando de paso el talento de Horford en la lectura de juego desde la cabeza de la zona.

La otra buscando (y encontrando) el punto débil del rival: la defensa de Redick o Belinelli (o de ambos, cuando coinciden en cancha). El mismatch ha sido aprovechado especialmente por Jayson Tatum, que ha perforado una y otra vez la defensa de los Sixers a través del agujero de esos dos hombres, eslabones frágiles en el sistema. Y como Philadelphia necesita el tiro de ambos, los formatos de los Celtics pueden encontrar el desequilibrio con asiduidad.

Maestro de la pizarra en tramos decisivos

Una de las formas más visibles de la labor de Stevens se aprecia en su diseño de jugadas tras tiempo muerto (las denominadas ATO), donde consigue situaciones de gran ventaja en momentos decisivos de los partidos. El tercer duelo de la eliminatoria ante los Sixers, uno especialmente vital para decantar la balanza, dejó dos muy llamativas.

Se pueden ver en el siguiente vídeo. La primera interrumpiendo un ataque atascado de su equipo, que iba a finalizar con mal tiro de Morris, para parar el juego y preparar una secuencia debajo del aro. La segunda, para poner a Horford de nuevo bajo el hierro y defendiendo por un rival más pequeño. Ambas fueron canasta. Acciones desequilibrantes nacidas de una pizarra sensacional.

Tras el partido, tanto Brown como Horford resaltaban el talento de su técnico en el diseño de la acción. “Cuando se trata de conseguir una canasta importante tras tiempo muerto, me quito el sombrero con Brad Stevens”, señalaba el alero. “Brad es un genio, es increíble”, apuntaba Horford sobre la última jugada.

No son sólo palabras, ni dos ejemplos aislados. Ben Rohrbach recopilaba datos sobre el impacto de Stevens en ese tipo de jugadas únicamente durante esta fase final. Y son espectaculares:

En situaciones de último cuarto o prórroga, tras tiempo muerto los Celtics han producido 1.26 puntos por posesión, acumulando un 10/19 en tiros y sin perder un solo balón. En los dos últimos minutos del último cuarto o el tiempo extra, el dato es aún mejor: 1.57 puntos por posesión, con 4/6 en tiros y también sin una sola pérdida.

Jugadas de pizarra diferenciales, que resuelven con aparente facilidad situaciones de máxima presión.

Revalorizar jugadores

Los Celtics están teniendo excelentes versiones de Terry Rozier y Jaylen Brown. Jayson Tatum parece haberse adaptado a la Liga a la velocidad de la luz, el valor de Marcus Smart se hace notar, la utilidad de Marcus Morris y Aron Baynes, incluso la de Shane Larkin, parecen fuera de toda duda. Y eso sin hablar de Al Horford. La rotación puede ser buena pero siempre parece aún mejor de lo que es.

Y se viene repitiendo año tras año.

Porque el pasado curso Isaiah Thomas parecía imparable, Avery Bradley insustituible y Jae Crowder fundamental. Fueron tres de los cuatro máximos anotadores del equipo, ninguno de ellos está ya en plantilla. Tampoco otro interior de rotación como Kelly Olynyk. Algunos de los llamados a aportar esos roles, esencialmente Kyrie Irving y Gordon Hayward, no están tampoco disponibles. El equipo sobrevive indiferentemente a los mimbres de los que disponga en plantilla. Y no sólo sobrevive, compite y mejora.

Hace dos cursos Evan Turner y Jared Sullinger también fueron importantes para Boston. Uno, en Portland, no ha vuelto a encontrar ese nivel. El otro está jugando en China. Uno de los grandes valores de Brad Stevens tiene gran influencia precisamente en algo que ayuda también a su Gerencia: porque los jugadores evolucionan y ofrecen una cara en Boston posiblemente mucho mejor de la que sean capaces de mostrar en otro sitio. Pero ese rendimiento de verde revaloriza al jugador y ayuda a potenciar su valor de cara a un posible movimiento de Ainge, llegado el momento.

Y una de las causas para ello es el contexto. El escenario que sirve Stevens (y su cuerpo técnico) al jugador para desarrollar sus cualidades, adaptarse a un rol que saque lo mejor de él y después responder en cancha. Así, un equipo que quiera negociar por Terry Rozier ahora mismo estará obligado a plantear una propuesta muy superior a la que por ejemplo habría podido plantear hace unos meses.

Donde es posible que se origine una crisis, en situaciones de compleja gestión de grupo como lesiones de estrellas, los Celtics están encontrando oportunidades para potenciar su futuro. Y si la lesión de Hayward en lugar de alterar todo el plan previsto ha servido para dar aún más alas a Brown y Tatum, la de Irving ha elevado a Rozier. De todo problema se genera crecimiento.

Con Brad Stevens al mando, ese crecimiento apunta, más temprano que tarde, directamente al cielo.

Fuente: Monje, Andrés. 9 de mayo de 2018. NBAmaniacs.
URL: https://www.nbamaniacs.com/articulos/los-cinco-pilares-del-exito-de-brad-stevens