En el día de ayer y a los 79 años de edad nos abandonó para siempre Carlos “Tite” Boismené. Vaya nuestro homenaje para quien fuera un histórico y controvertido entrenador. Fue un luchador tremendo y a la vez dueño de una trayectoria muy singular. Su mayor logro fue conducir a la Selección Nacional en nuestro Mundial 90.

Esta es la manera en la que queremos recordarlo.

Tite nos dejó en un reportaje hecho en 2004 por Quique Nocent (recordado histórico periodista) un pantallazo gigante de lo que fue su vida.

Descansa en paz, amigo.


CARLOS BOISMENÉ, EL RETORNO DE UN GUERRERO

Perdió el pelo pero no las mañas

09/03/2004 | 09:00 | “Cuanto más conozco a los periodistas, más quiero a mi perrito ‘Pupi’”. Esta frase, que en su momento causó buen revuelo, la pronunció el entrenador Carlos Boismené en un pasaje de hastío en su relación con los medios de prensa, fundamentalmente capitalinos. Por fortuna, cuando nos sentamos a charlar y grabador mediante, no nos la repitió.

En el living de su departamento también se respira básquetbol. Lo revelan dos fotos. En una de ellas aparece junto al “Tola” Cadillac.

“Cuanto más conozco a los periodistas, más quiero a mi perrito `Pupi'”.

Esta frase, que en su momento causó buen revuelo, la pronunció el entrenador Carlos Boismené en un pasaje de hastío en su relación con los medios de prensa, fundamentalmente capitalinos.

Por fortuna, cuando nos sentamos a charlar y grabador mediante, no nos la repitió.

Por el contrario, se mostró distendido, amable y dispuesto al diálogo aunque no siempre memorioso. De vez en cuando, eso sí, nos hizo relatos “en confianza. No para publicar”. Acaso fueron los más jugosos, pero en el trato entrevistador-entrevistado son reglas de juego que, aunque no nos guste, solemos aceptar.

Aún así, al correr de esta nota advertirá el lector algunas definiciones categóricas que, por lo menos, lo pintan a cuerpo entero.

Por ejemplo, quedará ratificado –por si hacía falta– que es un pasional de su profesión. Que sus conocidos arranques temperamentales, sea en medio de un estadio repleto y vibrante o en un escenario semivacío y silencioso, son algo más que berrinches producto de un partido complicado. Que no son una pose, sino que revelan su carácter sanguíneo, extravertido, explosivo.

Ese es el “Tite” que todos conocemos. Un guerrero en el banco.

Pero aflorará otra faceta. La que revela que en la intimidad la procesión sigue por dentro.

“Vos me preguntás y yo te respondo: no, no he cambiado. Soy un tipo grande, ya bien mayor, incluso alguno en voz baja podrá etiquetarme de `viejo’ y, sin embargo, pese a mi larga campaña todavía no aprendí a asumir las derrotas. Me quitan el sueño, literalmente. Peor todavía si cuando hago autoanálisis, advierto que un error mío contribuyó a la derrota. Me desangro espiritualmente”.
No obstante, admite que para él hay algo peor que no ganar.

“Te lo puedo decir ahora, con 55 años en el básquetbol, que no tener trabajo, no poder desarrollar la profesión se me hace insoportable. No sabría qué hacer sin tener que preparar y dirigir equipos. Y, fijate, aunque esté sin laburo, hasta el día que me muera voy a seguir sintiéndome entrenador”.
Como el desahogo venía pesado, e insistía sin matices en el tema, tratamos de suavizar el momento y lo que siguió merece ser guionado.

–Cuando perdemos no duermo, no hablo, no como…– nos decía.

–(Interrumpiendo y apuntando a su abdomen) Pero, mirándote, no se nota…

–¡Será porque gano muy seguido!

La risa que explotó en su cara nos gratificó. Habíamos conseguido el objetivo, por más que no suele ser difícil porque, hay que decirlo, “Tite” es una persona habitualmente jovial.

De base a DT

De una ciudad como la nuestra, que dio jugadores, entrenadores y árbitros de nivel internacional, Boismené es quien más alto llegó desde el momento que orientó a la selección nacional en un torneo Mundial. Claro que para llegar hasta el pináculo, hubo que atravesar etapas.

Fue jugador. Se inició en Estudiantes, luego El Nacional, Independiente, Velocidad, Independiente, Tiro Federal de General Roca (hoy Deportivo Roca) y otra vez Independiente. El que a mediados de los `60 peleaba por no descender, dirigido por Atilio Fruet, y consiguió su objetivo.

Era base. No fue inolvidable. Ni cerca. Pero, seguro que como mejor logro, de su actuación guarda un recorte de un comentario publicado en “La Nueva Provincia”, en el verano de 1963, que recita de memoria. Y con orgullo:

“Boismené crea situaciones que generalmente pasan inadvertidas a los aficionados comunes”.

“Soy de Independiente. Es mi club. Desde los tiempos que la cancha tenía una orientación de este-oeste y su piso era de tierra, que después embaldosó, y que cuando teníamos que entrenar debíamos sacar las sillas y las mesas, porque ahí se hacían kermeses que se habían hecho muy populares”.
Al cumplir 26 años de edad, se dio cuenta que no llegaría a la NBA.

“Me gustaba ser entrenador, pero empecé casi por casualidad. Por amistad, dirigí la segunda de Estudiantes que salió campeona. Fue entonces que Elsio Tarabelli y el `Coti’ Spurio me vinieron a buscar para que me hiciera cargo de todas las divisiones de 9 de Julio. En primera estaban los hermanos Ojunián y Noya, por citarte”.

Después se sucedieron Comercial (subió de tercera a segunda, año 1973); Sportivo Bahiense (campeón en segunda de ascenso, con “Tito” Loustau y “Pacha” Eyheraguibel, en 1974), Barracas Central, Leandro Alem, Napostá y Olimpo.

Precisamente con Olimpo alcanzó varias veces el título superior (1978, `79, `83, `84 y `85) e, incluso, en 1978, el Argentino de Clubes, superando en una recordada final jugada en Santiago del Estero, a Obras Sanitarias”.

“No teníamos extranjeros. Llevamos a `Beto’ Cabrera de refuerzo y, después, cuando fuimos a Isla Margarita, Venezuela, para el Sudamericano, incorporamos a `Finito’ Gehrmann. Le ganamos el tercer puesto a Welcome, de Uruguay, que contaba al `Chumbo’ Arrestia como figura.

“Fue en ese torneo donde conocí a Gerald Cunninghan y Lewis Linder, quienes jugaban para Guaiqueríes. A nuestro regreso, tomando un café en galería Florida, se los recomendé a Tino Baso, de Leandro Alem. Viajó a buscarlos y con esa pareja, notable, ganaron el torneo oficial de 1980, el más importante que se jugó aquí en toda la historia”.

La escalera

El salto de calidad, él y todos, lo dio cuando surgió la Liga Nacional. En el primer nivel orientó a los tres de Bahía (Olimpo, Pacífico y Estudiantes, en ese orden) y después a River Plate, luego de lo cual asumió la conducción de la selección nacional, en el Mundial de 1990, prolongando su actuación en el Sudamericano de 1991 en Venezuela y el Panamericano de 1992 en Cuba. También condujo a Regatas de Corrientes, pero en la “B”, en 1999.

En el extranjero, Boismené orientó a Regatas Lima, de Perú, en el Sudamericano de Colombia, en 1995. Luego, lo contrató Trotamundos de Valencia (1994) y volvió a Regatas Lima, en 1997 y `98.
Para estar a nivel con sus responsabilidades nunca dejó de asistir a clínicas.

“Debo haber concurrido a unas 20. ¿Las que mejor me impresionaron? Citaría a dos: la de Dan Peterson y la de Hubie Brown… bueno, añadí a Pat Riley, de quien escuché algunos consejos prácticos muy interesantes”.

No sólo fue un calificado oyente. También ofreció charlas aquí, en la zona, en el país y en Asunción (Paraguay) en 1990; en Lima (Perú) en 1995; Montevideo (Uruguay) en 1996; Lima 1997 y Quito (Ecuador) en junio de 2000.

De todo un poco

–El presente de “Manu” Ginóbili.

–Me sorprende la naturalidad con que se mueve en la NBA. Juega como si todavía estuviera en Bahiense del Norte.

–¿Te hace acordar a algún jugador bahiense en particular?

–Sí, a Atilio Fruet. Hace cosas de `Lito’, claro que con más habilidad y mayor capacidad física, como corresponde a la época. Diría que es un Fruet 2004.

–¿Alguna reflexión respecto de la NBA?

–Opticamente es como que ha perdido algo de magia. No sé si porque los demás progresaron o porque los astros no marcan tanta diferencia. Además, puede ser que uno haya perdido capacidad de asombro.

–Tu reciente paso por Necochea.

–Estuve dos años trabajando en el equipo de Rivadavia, al que se mantiene vinculado De Lizaso. `Polo’ sigue siendo la esencia del básquetbol de esa ciudad. Propulsó, entre otras cosas, la reapertura de la Asociación, que estaba desafiliada. Había desaparecido. Contagió entusiasmo por el básquetbol y generó el retorno de otros clubes. Ahora hay 6, uno de La Dulce.

–¿Por qué volviste a Bahía?

–Por una propuesta que recibí para dirigir acá.

–Con cuál entrenador te sentís identificado.

–Espero que él no lo tome a mal (risas), pero con Alejandro Navallo.

–Ataque o defensa, ¿qué te gusta más?

–El ataque. Te doy un ejemplo, poné cinco mejores atacantes contra los cinco mejores defensores: ¿quién gana?.

–¿Cómo juzgas a los equipos bahienses del TNA?

–Muy bien a El Nacional, porque es un equipo orgánico, homogéneo. Estudiantes sufre sus muchas limitaciones por la cantidad de problemas que afronta.

–¿Qué pasa en Bahía que la gente dejó de concurrir a los escenarios?

–Ocurre que una vez que comés jamón del medio no te gusta el de la orilla…

–¿Cómo recibiste la reconfirmación de Magnano como entrenador de las selecciones nacionales?

–Más allá de su capacidad indiscutible, fue subcampeón del mundo. Algo bien tiene que haber hecho.

–¿Por qué firmante un contrato corto con la CABB, al frente de la selección nacional?

–(dudando) Vos sabés que… ni siquiera sé si… firmé contrato. Pero igual estuve al frente casi cuatro años, porque empecé a fines del `89 y terminé en el Panamericano de Cuba, a inicios de 1992.

–¿Qué te sugieren las últimas performances del básquetbol argentino a nivel internacional?

–Hay que ir al origen del boom . El gran responsable de todo esto es León Najnudel por impulsar la Liga Nacional.

–A propósito, ¿cómo ves a la Liga?

–Arrancó muy bien, pero el desbarajuste económico la está afectando mucho. Se fueron los mejores. Ahora, apenas surge algún jugador con cierta aptitud ya está volando hacia Europa. La verdad, el futuro lo veo complicado.

–Después de un juego, ¿seguís yendo a dormir pensando que los árbitros te perjudicaron?

–Hummm… nooo… ¿Ves que estoy evolucionando (sonrisa), que no me quedé en el tiempo?

–Elegí y enviá a la cancha al mejor combinado bahiense de todos los tiempos

–Cabrera, Fruet, De Lizaso, Cortondo y Monachesi.

–¿Y la mejor selección argentina?

–Huyyy… ¡qué difícil es comparar épocas! Si nos remitimos a resultados, la de Indianápolis. Poné “Pepe” Sánchez, “Manu” Ginóbili, Andrés Nocioni, Fabricio Oberto y Rubén Wolkowyski.

¿Qué le ocurrió en el Mundial de 1990?

“En la fase preparatoria –narra Boismené– todo fue de 10. Ganamos la totalidad de los amistosos e, incluso, la Copa Acrópolis disputada en Atenas frente a Grecia, Checoslovaquia y China. Pero apenas regresamos a Buenos Aires, comenzaron los problemas”.

Y los enumera.

1. “De todos los torneos internacionales que conozco, fue el primero y único en que el local, nosotros, compartió el hotel con el resto de las delegaciones.

2. “Dieron acceso ilimitado al periodismo, a cualquier hora. Y había mil acreditados… Nos volvieron locos. Protesté pero Becerra, titular del CEMBA, me respondió que “este Mundial es para promocionar el básquet en nuestro país”. Amenacé con irme, pero no modificaron la decisión. La verdad, debí haber renunciado.

3. “El rol de los agentes. Venían y conversaban a mis jugadores para llevárselos a Europa. Les sacaron el Mundial de la cabeza. La mayoría buscó mostrar sus habilidades y dejó el equipo un poco al margen.

4. “Haber llevado a tres bases (Cortijo, Milanesio, Richotti).

5. “Otra responsabilidad mía fue haber preparado todas las ofensivas para Campana, a quien incluso le dí la capitanía, sacándosela a Cortijo. Y Campana, que la venía rompiendo en la preparación, no estaba bien…

6. “Aclaro que entre el cuerpo técnico y los jugadores, ni los jugadores entre ellos, hubo el mínimo roce. En cambio, sí los hubo fuera del rectángulo, pero de otra naturaleza…

“Te resumo. Desde el 9 de agosto hasta el día que terminó, fue un sufrimiento constante. No veía la hora de hacer las valijas y volverme, porque fue todo una vergüenza, tanto en lo deportivo como en lo que concierne a la organización”.

El día que volvió de la muerte

Carlos Boismené vivió una experiencia terrible, casi trágica, durante su primera incursión en Lima, Perú, en 1995. La narra.

“Estaba dirigiendo el equipo femenino de Regatas, en un partido que se ganaba de 30-40 puntos. Empecé a sentir dolor en los hombros. Al término, cuando voy para el vestuario, me dan vómitos. Yo lo relacionaba con el hígado. No le dí mayor importancia, pero el presidente del club, Oscar Ortigosa, un señorazo, me llevó casi de prepo a una clínica. Entré caminando, todo bien. Me revisan y me aplican una inyección endovenosa.

“Fue lo último que recuerdo de un período de 25 días, porque me desmayé y allí quedé internado. No, no erraron en la medicación. Ocurre que los médicos se dieron cuenta que padecía un aneurisma cerebral, pero no se animaron a abrirme el casco craneano. Llegó mi mujer a Lima y, al ver el cuadro, dice `me lo llevo a Buenos Aires’. Volvemos, y me opera el doctor Cavalli. Me salvó la vida. Me cuentan que después desfilaron montones de amigos por el sanatorio, pero no me acuerdo nada ni de nadie, ni siquiera hoy. Eso sí, quienes me vieron enseguida después de la intervención quirúrgica se quedaron impresionados. Tenía una cicatriz enorme cruzándome la frente y había perdido 27 kilos…”

Personal

Carlos Eduardo Boismené nació en Bahía Blanca el 6 de abril de 1938. Está casado con Hilda Berta Casares, de cuyo matrimonio nació Pamela Victoria (16 años), su única hija. Tiene en trámite su jubilación como empleado bancario.

Enrique Nocent

Fuente: La Nueva. 9 de Marzo de 2004. URL: http://www.lanueva.com/deportes-impresa/693266/-perdi-243-el-pelo-pero-no-las-ma-241-as-.html