Cuenta la leyenda, que en nuestro país hubo una vez un entrenador de básquetbol que comenzó a traducir del inglés al castellano un libro sobre el juego fuera de sus horarios de trabajo, en un banco, sin conocer el idioma, con un diccionario y en letra manuscrita, lo hizo solo con el objetivo de ayudar a capacitar a sus colegas.

Hubo otro que convenció a los políticos de la época de que Argentina podía ser campeón del mundo. Años más adelante cientos de ellos difundían este deporte por todo el país y buscaban capacitarse de diversas formas, viajando, juntándose, polemizando.

Hacia fines de los años 70 y principios de los 80, hubo uno que redobló la apuesta: pensó que ser entrenador podía ser una profesión y que debíamos crear una liga profesional emulando a los mejores países del mundo. Una liga que permitiera que todos creciéramos enfocándonos en ayudar a que nuestros jugadores fueran mejores. Dicen que ese mismo entrenador fue el primero en pagar la cuota de los entrenadores profesionales antes que fuera obligatoria y tuvieron que avisarle que retirara su dinero porque aún nadie más la había pagado.

Fueron nuestros maestros. Alguien los definió como soñadores, obsesivos, rigurosos, honestos, éticos, generosos, nobles y líricos, pero fundamentalmente pasionales. Fueron los fundadores de una idea centrada en ser cada vez más aptos, más idóneos, más competentes.

La excelencia es nuestro ADN, porque ellos nos transmitieron el gen, gracias a todos ellos.

Hoy más que nunca, donde estamos atravesando tiempos difíciles que nos ponen a prueba, de los que nuestros antecesores bien conocían, debe ser nuestro compromiso tomar ese legado, perpetuar sus intenciones y orientar nuestra tarea a que el más joven y débil de nuestros colegas encuentre posibilidades de desarrollo personal, familiar y profesional, en esta tarea que amamos: SER ENTRENADORES DE BÁSQUETBOL.

ATEBARA